30 ene. 2013

LOS PILARES DE ELENA

Hace poco sumamos a un invitado que, al igual que el personaje de su relato, prometía nuevas entregas. Y parece que ambos cumplieron


 I.
Elena Setecasse se está quedando sin su luz. La está perdiendo por los poros de su blanca piel y en los suspiros que le brotan de adentro, contínuamente y sin motivo justificable. Elena sin su luz ya no es un pámpano tierno de viñedo nuevo. Tampoco una dulce corola ofrecida a lo vivo.
Elena se ha vuelto un cerebro brillante, una enorme, potente y certera máquina de trabajo.
Hoy no sería capaz de repetir esa intensa cabalgata para inundarse en sudores hasta mojarse las bragas. Hoy Elena es suspiros y nostalgias.

II.
Elena Setecasse oye su nombre en voz desconocida. Solo su nombre, pero como jamás lo ha oído.
Elena Setecasse busca al osado entre sorprendida e irritada. La figura que se aleja no es sin duda un dios pagano y por su traza, muy dudosa ha de ser su sapiencia. Sin embargo, su nombre en esa voz...
Elena Setecasse siente un estertor de muerte y al instante en sus altares estallan inflamados todos sus pebeteros.
Solo hizo falta su nombre en una voz desconocida. Solo su nombre como jamás lo había oído.

III.
Elena Setecasse ha recuperado su luz. Es un pámpano tierno de viña nueva, una corola abierta a la vida. Es nuevamente.
Gloriosamente Es.
Elena Setecasse hoy mantiene sus altares pulidos, plenos sus pebeteros, viva su luz.
Solo fue preciso su nombre en esa voz desconocida.
Solo fue preciso su nombre como jamás lo había oído.
Tiene su luz y la figura de esa voz se le pierde en el gentío de una riada humana.
Tiene su luz de nuevo, es una oferta incalculable a la vida.


F.B

27 ene. 2013

Del mito al logos


   Conocí a Blanca Marini en una fábrica donde ella se desempañaba como jefa de planta. Por entonces ya tenía unos cincuenta años y se la nombraba por su soltería.
   A ella, poco parecía importarle que aquellas muchachas conformistas la mirasen con pena por su falta de hombre. Pues, para Blanca, la paciencia y el rigor selectivo se le imponían como virtudes fundamentales y esperaba desde la adolescencia al caballero adecuado y pertinente para dar el sí.
   La china Basualdo  se burlaba y decía que a la autoritaria no se le acercaba nadie y que tenía noticias de un Juárez de la sucursal que la llevó al cine y huyó desesperado buscando cualquier aire de la calle.
   Pero una noche, mientras dormía, Zeus visitó a la jefa  que, desprevenida, se entregó sin más a su colega que la amó perfectamente como sólo un dios lo hace.
   Luego despertó inquieta y perturbada. Recordaba una lengua suave y una mano en el lugar exacto.
   Días más tarde, en un café, aceptó la invitación de un pelado mal entrazado que le resultó humano, no demasiado sino  bien humano...