14 may. 2016

TIEMPOS VIEJOS

Durante la década perdida, los pobres se volvieron lindos. Recuerdo que la dieta variada y saludable, la ropa nueva y propia, la cosmética, el plan dental,   el champú bueno,  la peluquería…eran más accesibles para todos; entonces, la gente de la limpieza, los empleados de comercio, enfermeros y docentes, por ejemplo, empezaron a aparecer con una estética renovada y tan decente que la cosa se complicó y llegó el fin.
En esa época, todo era confuso. Yo casi me enamoro de una chica que pasaba por arquitecta o abogada ( que terminó siendo la cajera de un supermercado) a la que estuve a punto de presentar en familia porque estaba estudiando en la facultad, hablaba bien y no parecía hija de vendedores ambulantes ni domiciliada en periferia. Me dolió mucho. Sentí que la impronta de los émulos truchos estaba alcanzando  lo humano y comenzó a ser una tarea harto difícil distinguir las diferencias porque todo parecía lo mismo y esa mismidad generó un caos terrible para ingenuos o desprevenidos como yo.
Así, tomé el toro por las astas y me encargué de  desenmascarar a los disfrazados dejándolos en evidencia donde fuera aunque ello me costara tiempo y energías muy valiosas para un hombre que se desempeña como juez.
La primera en caer fue la terapeuta ocupacional de mi madre a quien todos conocíamos por “Juana”. La investigué por intuición y llegué  a buen puerto porque mis presunciones eran correctas ya que su nombre verdadero era Joana Aneley Sosa (prueba evidente de su procedencia social). Fui a su consultorio (le llamaba consultorio a un local de manualidades!), le hice algunas preguntas y detecté que, efectivamente, se trataba de una mujer humilde que había escalado posiciones y se vestía como mi sobrina. En un momento la apuré y empezó a hablar de Adolfo Meyer y de una tal Anna Baker , a usar palabras como sinestesia y proyección….Quería impresionarme  como si esa tecnicatura le hubiese abierto las puertas de la ciencia, y le pregunté en qué paradigma se plantaba. Respondió vagamente y con titubeos por lo que salí de su saloncito dando un portazo.
Luego, con decisión, llevé a mi madre con la Dra. Well, hija de un abogado muy prestigioso de Acebal a la que naturalmente le comenté el episodio y comprendió a tal punto la situación que me dijo “hay muchos improvisados sin vocación que eligen la carrera por el dinero”. De este modo, con esa verdad expresada con la simpleza de quien ha nacido y vivido en contacto con el saber, volví a casa y dormí pensando los próximos: en mi nutricionista y  el quiropráctico.
Pero, sinceramente, lo que más me dolió fue lo de Andrea. Reconozco que no le pregunté a qué se dedicaba sino hasta el cuarto encuentro; pero no parecía necesario desde que nos enganchamos con la poesía y me dijo que le gustaba la primera vanguardia argentina y que los poetas malditos ya eran parte de su pasado porque había conocido otros movimientos más sólidos y programáticos… Sensual, atractiva, amable…¿quién podía imaginar lo peor?. El problema es que soy un tipo conocido y mucha gente me vio con ella en restaurantes y confiterías. Seguramente nadie me advirtió nada por cortesía pero me atrevo a pensar que la mayoría entendió que estaba siendo  víctima de un ardid como también lo fueron ellos en ese período de tiempo en que todo se mezclaba, se imitaba y se parecía con la impertinencia de no prever que en cualquier momento la cosa explotaba y el cartón pintado volvería a los desvanes del olvido.
Pobre. La otra vez me la crucé y la vi tan fea…
Ahora estoy más tranquilo. Las cosas como son, sin apariencias, sin embustes, colocadas cada una en su sitio, despejando el camino y echando luz para que ese carnaval no regrese nunca más.

20 ene. 2016

CAMBIOS MUTANTES

Para entrar al barrio donde está la escuela hay que tomarse el 110 que tiene un recorrido de  amplio espectro. El que sube, marca la tarjeta y luego saluda a los compañeros de viaje que son los vecinos de Moderno. Todos. Parece un colectivo exclusivo. Y, quizás por eso,el resto de los ciudadanos evita esta línea tan obrera cuando desea  realizar trayectos por el centro; huyen de la falta de limpieza de los coches y de la ausencia de asientos libres porque la frecuencia es fatal y la periferia tiene que soportar que los colectivos pasen cuando se les canta.
Pero el 22 de diciembre de 2015  tenía  la última mesa del año y fue raro encontrarme con ese vacío porque los chicos no se trasladan para ir a escuelas fuera de la zona, entonces que no hubiera nadie no se asociaba a la finalización de las clases.
Marco el boleto y me saludan desde el fondo. Me acerco y veo al Tuti, que venía de laburar en la obra de un edificio inteligente para inversores del interior que volvían a revitalizar la construcción desde que se había anunciado la eliminación de impuestos a la exportación. Por eso el Tuti le agradece al campo y tiene una  gratitud enorme hacia los solventes que le dan de comer.
Tan es así que su prosternación alcanza a cualquier hombre de traje o uniforme porque gracias a ellos salió de la droga, formó una familia y prescinde de los subsidios que les dan a los pobres.
-Mi señora quería trabajar cuidando enfermos en el PAMI y yo le dije que si ese era su sueño, que lo hiciera. Pero no porque necesitemos la guita. Con lo mío alcanza y sobra. Pero viste, ella quiere ayudarme…quiere pagarle el viaje de quinto a Tamara…
Mientras lo oía,me llegaban recuerdos del Tuti cuando era pibe. Recuerdos de cuando él odiaba los uniformes y se pasaba las tardes en la esquina silbando a las chicas, jugando con los perros del barrio y quejándose de lo careta que eran los del tercero que se habían construido un garaje en el jardín común.
Lo oía tratando de tejer lo actual con lo pasado porque me decía que ya lo habían hecho abuelo y que es  lindo ser un abuelo joven porque tenés energía para todo  y podés ayudar a tu hija si el padre del nene no pasa un mango.
Lo oía hasta que , al colectivo vacío subió un inspector y pensé que no sabía dónde había metido el boleto y no tenía ganas de que alguien me joda con la pelotudez de buscar lo imposible en un bolso lleno de libros y papeles y exámenes y folios.
-Mirá! Ya se está notando el cambio…Cuánto hacía que no se veía uno de estos!
Encontré el boleto justo cuando el tipo se acerca.
-Sí, cómo no! Aquí tiene, señor, sírvase!-exclamaba el Tuti, contento por el  control para que nadie viaje gratis.
El inspector se lo devuelve “picado”, sin mediar palabra y enfilando la mirada hacia a mí.
-¿Ves?-me dice el Tuti- se terminó la joda.

Noté que había un cambio de registro y me llamó la atención  que  el  Tuti  se pusiera  así de formal en ocasiones como aquella.  Incluso al bajar, me deseó felices fiestas y un “próspero año nuevo”. Ahora que paga y ya no ruega para que lo lleven, se volvió más solemne, más engolado.