8 dic. 2012

El invitado

Tiene todos los vicios y conductas obsesivas de quienes escriben compulsivamente, sublimando vaya a saber qué trauma inicial. Lo conozco, me conoce desde hace veinte años, se duele por el desamor  transitado, lo acompaño en sus pérdidas. Me pide que no dejemos en el abandono este blog y a partir de dos frases mías me regala este relato  breve -con lo que le cuesta lo breve- para decirme una vez más que está allí, pa' lo que guste mandar.
 DianaFRos



       Elena Setecasse montó su animal antes de que el amanecer fuese gestado, no cerró la tranquera y reclamó un andar de ritmo ligero. Llevaba una luz adentro y andaba enceguecida
    Creció el día con el sol tan quemante como la luz que llevaba adentro. Eso no la detuvo y a la mitad de la jornada sudaba copiosamente. Revueltas, húmedas, sus mechas se le pegaron en la cara, hilos líquidos chorreaban entre sus pechos y seguían cuesta abajo.
    Mas, Elena Setecasse alcanzó la meta diez minutos antes de que el micro partiera. Desmontó, ni ató al animal y encaró a la otra bestia, esa de la luz que llevaba adentro.   Él no compró. Diez minutos es poca oferta y una mujer bañada en sudores no alienta tifones. 
    Elena Setecasse regresa al paso. Lleva su luz adentro y la guarda. Sabe, siente... Se le hacen otros mil intentos, múltiples armas lleva,  y la galopeada ha de ser culpa de la luz que lleva adentro.
    Comprarás... cuando yo logre acertarte la jugada, y sudarás mucho más que yo, por todo el tiempo que nos esté quedando.
    Yo, Elena Setecasse, te lo estoy firmando.

                                                                                                   Franco Braidotti

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