16 nov. 2011

Héroes S.R.L.


Linda Carter era una mujer maravillosa. Su generosidad no tenía límites y solía usar un cinturón dorado que la distinguía. Bruce Day lo sabía, no sólo porque la frecuentaba sino también porque ambos compartían ciertos códigos de justicia.
Pudieron amarse en una intimidad hermética, pero optaron, quizás intuitivamente, por agrandar la cofradía y ayudar a la gente mancomunadamente. Y así, formularon su propio manifiesto, diagramaron algunas reglas y se pusieron a legislar.
Se los notaba entusiastas y convencidos, entonces difundieron la proclama y una convocatoria sobria, silenciosa, casi entre claroscuros.
Diego de la Vega, el capitán Ultra y un llanero antisocial se sumaron inmediatamente haciendo sus aportes con perspectivas, utillajes y cosmovisiones nuevas. Mas, sin necesidad de guasones, la cuestión se tornó espesa y belicosa cuando las diferencias parecían ineluctables. “¡Pugna de poderes!”, gritó el más noble que una lechuga, aunque el analista que los atendía señaló una clásica lucha de egos, en tanto Mork, apelando a sus conocimientos extraterrestres, propuso que la incorporación de la Poppins podría resultar interesante como entretenimiento para morigerar la efervescencia.
La idea no era desestimable, pero el hombre nuclear argumentó que su oído biónico no resistiría las dulces pero muy estridentes melodías de Mary.
No es necesario explicar las causas de jurisdicciones, grupos o individualismos que abortaron la idea original, pero sí se puede subrayar que los superhéroes, quizás en virtud de una colisión de intereses u objetivos echaron mano al pragmatismo de la desregulación. Una vez todos expuestos, presumieron que sería mejor dejar al albedrío de los solicitantes, a sus criterios, la elección del rescatista más conveniente según el caso y el peligro concreto.
Pero hay algo notable: el único que insistió en conformar la comunidad (ante las feroces miradas de Iceman) fue el Llanero; elucidaciones rudimentarias creen que allí radica la clave de su soledad no elegida sino obligada ya que lo sacaron a patadas del recinto al tiempo que Flash desaparecía, sin que nadie lo advirtiese, con un ángel de Charlie.
Nippur, el de Lagash, (desorientado por anacronismos pero aún emberretinado con pasear por el mundo y meterse a husmear idiosincrasias ajenas) fue recogido por Terminator que lo llevó a USA y le propuso acompañarlo en su gesta de conservas; algunos más se coparon con la fallida interpretación de producir alimentos enlatados y organizaron una empresa, pusieron sus imágenes y les fue bien con la venta de salsas.
Había espíritu, acción, fuerza, y pronto (interesados en la “movida”) se apersonaron Rolando (el de La Canción), Aquiles (el del talón) y Antígona (la boluda); un trío que pidió intervenir por el derecho que los asistía: historia, lirismo y distinción. Sin embargo, entretenidos en contrapuntos y alardes de erudición, los clásicos se esfumaron en tertulias selectivas donde ejercían la retórica denostando propuestas de origen popular.
Otra objeción no se hizo esperar y una legión de autonominados héroes y heroínas (auspiciados por el glamour y la tradición) irrumpió exigiendo cartel de caza-monstruos.
Ahí sí que se armó la rosca. El espectáculo era un verdadero, absoluto y promiscuo quilombo carnavalesco de máscaras y colores que se disputaban las mejores cotizaciones.
Por eso, aproveché el entrevero, me subí a un fantástico auto y rajé antes de que me pregunten cuál era mi estatuto. Porque yo, que no tengo talentos sobrenaturales, soy humano, demasiado humano para ellos.
                                                                                       
                                                                                                   La Vane
                                                                                                    (Amy)

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