15 may. 2012

CARLOS FUENTES

Sin prolegómenos, su discurso en la apertura del Congreso de la Lengua, Rosario, 2004.


Majestades,
Señor Presidente,
Señoras y señores:
Mírenlos. Están aquí. Siempre estuvieron aquí. Llegaron antes que nadie. Nadie les pidió pasaportes, visas, tarjetas verdes, señas de identidad. No había guardias fronterizas en los Estrechos de Behring cuando los primeros hombres, mujeres y niños cruzaron desde Siberia a Alaska hace quince, once y cuatro mil años.
No había nadie aquí. Todos llegamos de otra parte. Y nadie llegó con las manos vacías. Las primeras migraciones de Asia a América trajeron la caza, la pesca, el fuego, la fabricación del adobe, la formación de las familias, la semilla del maíz, la fundación de los pueblos, las canciones y los bailes al ritmo de la luna y del sol, para que la tierra no se detuviese nunca.

Óiganlos. Los indios fueron los primeros poetas, cantaban con las palmas de las manos para enumerar las metáforas del mundo.
Todo ello elevado al gran canto poético de la brevedad de la vida.
No hemos venido a vivir.
Hemos venido a morir.
Hemos venido a soñar.
Pero anclado en la eternidad de la palabra:
Pero yo soy un poeta
Y al cabo comprendí:
Escucho una canción, miro una flor,
¡Ay, que ellas jamás perezcan!
La palabra como principio del mundo. Pues como atestigua el Popol Vuh, «La palabra dio origen al mundo».
Nos instalamos en el mundo, nos recuerda Emilio Lledó. Pero el mundo también se instala en nosotros. La lengua es nuestra manera de modificar al mundo a fin de ser personas, y nunca cosas, sujetos y no sólo objetos del mundo. La lengua nos permite ocupar un lugar en la comunidad y transmitir los resultados de nuestra experiencia.
Nadie, tampoco, les pidió visas o tarjetas verdes a los descubridores, exploradores y conquistadores que llegaron a las costas de Cuba y Borinquen, Venezuela —la pequeña Venecia— y la Villa  Rica de la Veracruz empujados por el gran huracán de una historia indómita, en barcos cargados,  a su vez, de palabras, de pasado, de memoria.
La América indígena se contagió del inmenso legado hispánico. Las costas del Caribe y del golfo de México recibieron una marea que venía de muy lejos, del Bósforo, de las hermanadas tierras semitas de Israel y Palestina, de la palabra griega que nos enseñó a dialogar, de la letra romana que nos enseñó a legislar y, al cabo de la más multicultural de las tierras de Europa, España celta e ibera, fenicia, griega, romana, judía, árabe y cristiana.
Hoy que se propone la falaz teoría del choque de civilizaciones seguida del peligro hispánico para la integridad blanca, protestante y angloparlante de los Estados Unidos de América, conviene disipar dos mitos.
El primero, que Norteamérica no es una región monolingüe o monocultural, sino un verdadero tejido de razas y lenguas: esquimo-aleutiana y na-dené en los orígenes; en seguida, español de San Agustín en la Florida a San Francisco en California; francesa de Nueva Orleáns en la Luisiana a De-trúa (hoy Detroit) de los Illinois; y luego, en sucesivas olas migratorias, alemán e italiano, polaco y ruso y en irónico reverso, el español sefaradí junto con el yiddish y, en la frontera del otro mar descubierto por Balboa, la migración de lengua japonesa, coreana, china y vietnamita: avenidas enteras de Los Ángeles anuncian su comercio y su trabajo en lenguas asiáticas, convirtiendo a otra ciudad hispánica —Nuestra Señora de los Ángeles de Porciúncula— en el Bizancio lingüístico y cultural del Océano Pacífico. Pues también los puritanos ingleses llegaron a las costas de Massachussets en 1621 sin pasaportes o permisos de trabajo. También ellos llegaron de otra parte.
El contagio, asimilación y consiguientes vivificación de las lenguas del mundo es inevitable y es parte inexorable del proceso de globalización. Que la lengua española ocupe el segundo lugar entre las del Occidente, da crédito no de una amenaza, sino de una oportunidad. No de una maldición, sino de una bendición: el español ofrece al mundo globalizado el espejo de hospitalidades lingüísticas creativas, jamás excluyentes, abarcantes, nunca desdeñosas. Lengua española igual a lengua receptiva, habla hospitalaria.
La predominancia del castellano desde Alaska —Puerto Valdés— hasta Patagonia —Puerto Santa Cruz— no determinó el exterminio de las lenguas amerindias. Del navajo en Arizona al guaraní en Paraguay, el lenguaje amerindio de enigmas, figuras y alegorías —como lo llama el Libro de las Pruebas de Yucatán— sobrevivió hablado hasta el día de hoy por más de veinte millones de seres humanos.
Sólo que un purépecha de Michoacán no puede entenderse con un pehuencha de Chile si ambos no hablan la lingua franca de la América indohispana, el castellano. El castellano nos comunica, nos recuerda, nos rememora, nos obliga a transmitir los desafíos que el aislamiento sofocaría: en su lengua maya o quechua, el indio de hoy puede guardar la intimidad de su ser y la colectividad de su intimidad, pero necesitará la lengua española para combatir la injusticia, humanizar las leyes y compartir la esperanza con el mundo mestizo y criollo.
Y todos nuestros mundos americanos —indígenas, criollos, mestizos— son desde siempre portadores de una riqueza multicultural mediterránea que sólo podemos desdeñar por intolerable voluntad de empobrecimiento.
Indoamérica también es Hispanoamérica gracias a las tradiciones hebreas y árabes de España.
Somos lo que somos y hablamos lo que hablamos porque los sabios judíos de la Corte de Alfonso el Sabio impusieron el castellano, lengua del pueblo, en vez del latín, lengua de la clerecía, a la redacción de la historia y las leyes de Castilla.
Con cuánta emoción, Majestades, señoras y señores, asistimos en 1990 a la entrega de los Premios Príncipe de Asturias en Oviedo cuando el príncipe Felipe le abrió los brazos a las comunidades judías de la vieja España para recibirlas; dijo don Felipe: «con una gran emoción y el espíritu de concordia de la España de hoy».
Pero también llegó a nuestra América la España árabe. Siete siglos de convivencia nos dieron la tercera parte de nuestro vocabulario, nos legaron el rumor del agua, la frescura de los patios, la palabra visible y el rostro invisible de Dios y el rescate de nuestra más vieja tradición mediterránea, la de Grecia, conservada por Islam y transmitida a la Europa medieval a través de la arábiga Escuela de Traductores de Toledo.
Hispano-árabes son el Don Julián de Juan Goytisolo y colombiano-hispano-árabes son los Cien años de soledad de García Márquez: libros paridos por la unión de Cherezada y Cervantes, libros fieles al testamento del rey San Fernando en su sepulcro de la catedral de Sevilla, con los costados de la tumba escritos uno en castellano, otro en latín, el tercero en hebreo y el cuarto en árabe: rey de las tres religiones y de las cuatro lenguas.
Seamos, en este gran Congreso, guardianes fieles de nuestras tradiciones vivas, capaces de iluminar caminos de paz mediante el reconocimiento de letras y espíritus compartidos.
Escuchémoslas. Melancólicas lenguas de vida pasajera y muerte celebrada en la América indígena. Conflictivas lenguas de pasiones místicas y carnales en la España medieval y renacentista.
¿Qué las une? ¿Qué sucede con una y otra tradición cuando la energía sobrante de la España de la Reconquista cruza los mares y conquista, ahora, las tierras de otra civilización, a sangre y fuego pero también a palabra y cruz?
Las une la lengua.
En muy poco tiempo, el castellano de América adquiere un tono propio, indoespañol.
Las une la épica, pero no sólo la que SimoneWeil, leyendo la Ilíada, describe como «un poema del Poder» sino una épica dolorosa, la de Bernal Díaz del Castillo maravillado por la visión de Anáhuac y obligado, en seguida, a destruir lo que ha aprendido a amar. O como dice el gran crítico Francisco Rico, «singular convivencia de naturalidad y pasmo».
De este drama del deseo —anhelo pertinaz, jamás cumplido— nace una segunda épica mestiza, la del Inca Garcilaso de la Vega, y una lírica mestiza, la de Sor Juana Inés de la Cruz.
Ambos quieren ser indoamericanos que hablan y escriben en español.
Pero hay algo más.
Poseemos una tradición que le dio a la lengua castellana un relieve distinto, nacido de la necesidad de esclavos privados de sus lenguas nativas y obligados a aprender las lenguas coloniales para entenderse entre sí —para amarse y procrearse, para armarse y rebelarse— adoptando y cambiando el habla castellana con creatividad rítmica:
Casimba yeré
Casimbangó
Yo salí de mi casa
Casimbangó
Yo vengo a buscá
Dame sombra ceibita
Dame sombra palo Yabá
Dame sombra palo Wakinbagó
Dame sombra palo Tengué
que anuncia la velocidad que corre desnuda un día, enmascarada al siguiente, para amplificar el castellano popular de las Américas, felizmente incorporado —honor a Víctor García de la Concha— al Diccionario de la Real Academia. Lo evoqué en su mexicanidad en Valladolid. Le hago eco en su argentinidad en Rosario: el covoliche no es una macana ni un jabón, es un tarro que encubre matufias, nos hace más cancheros de la lengua, más hinchas de las letras, jamar mejor las escrituras, jotrabarchorede el alfabeto, y viva quien me proteja, sobre todo si es un Cortázar que arma su propio lunfardo en Rayuela.
Formamos parte de una civilización inmensamente rica, plural, «cósmica» como diría José Vasconcelos.
Las pruebas están en todas partes y el edificio no ofrece fisura alguna.
La continuidad es asombrosa, el origen enriquece al presente, el presente alimenta al porvenir y cada una de nuestras raíces antiguas tiene sus manifestaciones modernas.
Pero no todo es celebración.
La continuidad cultural de Iberoamérica aún no encuentra continuidad política y económica comparable.
Tenemos corona de laureles pero andamos con los pies descalzos. El hambre, el desempleo, la ignorancia, la inseguridad, la corrupción, la violencia, la discriminación, son todavía desiertos ásperos y pantanos peligrosos de la vida iberoamericana.
La lengua y la imaginación literarias son valores individuales del escritor pero también valores compartidos de la comunidad. No en balde, lo primero que hace un régimen dictatorial es expulsar, encarcelar o asesinar a sus escritores.
¿Por qué? Porque el escritor ofrece un lenguaje y una imaginación contrarios a los del poder autoritario: un lenguaje y una imaginación desautorizados.
La lengua nos permite pensar y actuar fuera de los espacios cerrados de las ideologías políticas o de los gobiernos despóticos. La palabra actual del mundo hispano es democrática o no es.
Sin lenguaje no hay progreso, progreso en un sentido profundo, el progreso socializante del quehacer humano, el  progreso solidario del simple hecho de estar en el mundo y de saber que no estamos solos, sino acompañados.
El lenguaje, nos recordó Francisco Romero, es un acervo patrimonial donde nada se pierde: constantemente, la palabra vence la ausencia de nuestro pasado para crear la presencia de nuestra historia.
Esa historia nuestra nacida de la ilusión de una nueva edad de oro, subyugada por la pérdida de la utopía pero renacida —nuestra historia— como vitalidad de la palabra que asume el pasado de nuestros pueblos, transmite los hechos históricos horizontalmente, entre los de hoy, pero también los transmite verticalmente entre los de ayer, entre las generaciones.
La lengua no es biología: se aprende; es educación.
Nunca olvidemos, al pensar, al hablar, al escribir nuestra lengua maravillosa, que nada se pierde.
Pues negar la tradición no nos aseguraría una libertad mayor. Todo lo contrario. La tradición nos obliga a enriquecerla con nueva creación.
Y la tradición nos invita a ser escépticos pero exigentes. No siempre lo hemos sido. A veces, queremos creer en el Paraíso para no darle la cara a la Caída. Pero la caída es la oportunidad de la siguiente creación.
Posiblemente el inglés sea más práctico que el castellano.
El alemán, más profundo.
El francés, más elegante.
El italiano, más gracioso.
Y el ruso, más angustioso.
Pero yo creo profundamente que es la lengua española la que con mayor elocuencia y belleza nos da el repertorio más amplio del alma humana, de la personalidad individual y de su proyección social. No hay lengua más constante y más vocal: escribimos como decimos y decimos como escribimos.
¿Y qué decimos?
¿Qué hablamos?
¿Qué escribimos?
Nada menos que el diccionario universal de las pasiones, las dudas, las aspiraciones que nos comunica con nosotros mismos, con los otros hombres y mujeres, con nuestras comunidades, con el mundo.
La tierra existiría sin nosotros, porque es realidad física.
El mundo, no, porque es creación verbal.
Y el mundo no sería mundo sin palabras.
Porque cuanto veamos y toquemos objetivamente en el mundo requiere, para seguir siendo, la correspondencia verbal de otro mundo al lado del mundo, que lo corrija y modifique y enriquezca verbalmente.
Nuestra literatura, la que celebramos en este gran Congreso argentino, proclama que la libertad no puede ser ajena a la creación de un mundo lingüístico. Todo lenguaje ilumina otro lenguaje y le da accesibilidad, permanencia y actualidad.
Actual es el lenguaje de Sor Juana Inés de la Cruz reclamando los derechos de la condición femenina:
Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis…
Actual es el lenguaje de Luis Cernuda en defensa de la preferencia sexual «porque el deseo
—escribe— es una pregunta cuya respuesta nadie sabe» y actual la generosidad amorosa espléndidamente abarcante de Garcilaso:
Yo no nací sino para quereros…
Por vos nací, por vos tengo la vida.
Por vos he de morir y por vos muero…
Voz de la personalidad propia, inalienable, maravillosamente descrita por Jorge Guillén:
A ciegas acumulo
Destino: quiero ser
Palabra metafísica del mayor poema mexicano del siglo XX, la Muerte sin fin de José Gorostiza:
Lleno de mí, sitiado en mi epidermis,
por un Dios inasible que me ahoga.
Pero, ¿no es tan física esta palabra del alma como la del cuerpo natal de Martín Fierro?
Cantando me he de morir,
cantando me han de enterrar…
Desde el vientre de mi madre
vine a este mundo a cantar…
¿Y hay pregunta más lúcida que la Rubén Darío a la vida y a la palabra de la vida que el saber no sabiendo de su poema Lo fatal?
Popol Vuh, Martín Fierro, Rubén Darío.
Ah, es cierto. Conocemos estos poemas de memoria. Pero no les hacemos justicia si no los leemos o decimos siempre por primera vez, como si los acabásemos de descubrir, convencidos de que nadie, nadie ha dicho antes, ni siquiera Pablo Neruda:
Yo la quise y a veces ella también me quiso.
Nadie antes de nosotros, hoy, en este momento, en el presente que es el único lugar de cita del pasado —la memoria— y el porvenir —el deseo—.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.
¡Qué extrañamiento, qué novedad cada vez que lo digo o lo leo! ¡Qué certeza de que el lector conoce algo que el escritor, ni siquiera Pablo Neruda, jamás conocerá: el futuro!
El mundo, dice Mallarmé, nos da voces y el escritor las devuelve a fin de otorgarle mayor pureza a las palabras de la tribu.
No lo creo. En español, le devolvemos las palabras a la tribu manchadas, manchegas, mestizadas, a fin de unir dos tradiciones que se subsumen en una sola, al filo del Cuarto Centenario del Quijote y es, una, la de nuestra capacidad hispanohablante para oponer al dogma la incertidumbre —¿son molinos o son gigantes?— y la otra, el poder de llenar los vacíos de la realidad con la realidad de la imaginación —sí, los molinos son gigantes—.
Majestades,
Señor Presidente,
Señoras y señores:
Estamos aquí, en Rosario, en un terreno común donde la historia que nosotros mismos hacemos y la literatura que nosotros mismos escribimos, pueden unirse.
Es el espacio compartido pero siempre inacotado en el que nos ocupamos de lo interminable —la historia— a través de lo amenazado —la palabra—.
Historia interminable, pues una sociedad está enferma o engañada cuando cree que la historia está completa y todas las palabras dichas.
Pero la desdicha del decir es ser dicho de una vez por todas y su posible dicha, ser siempre palabra por decir, aún no dicha, des-dichada.
Quienes proclaman el fin de la historia sólo quieren vendernos, dice Carmen Iglesias, otra historia: la suya, no la nuestra. Esa es la otra falacia —el fin de la historia— que quiero rechazar.
Nosotros, aquí, en este gran Congreso, sabemos que la historia no ha terminado, ni han terminado las palabras que manifiestan felicidad e inconformidad, escepticismo y confianza, amor y cólera benditos, dichos en lengua española.
El hispano parlante de ayer le da el verbo al hispano parlante de hoy y éste al de mañana.
Descendemos del gran flujo del habla castellana creada en las dos orillas por mestizos, mulatos, indios, negros, europeos.
Estas voces se oyen en América, se oyen en España, se oyen en el mundo y se oyen en castellano.
Gracias.

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